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domingo, 17 de junio de 2012

A todos vosotros, a todos los adolescentes, esto es por y para vosotros. No es más que un simple grito, un simple lloro o una tremenda borrachera. Somos más que eso. Os habla una homóloga, a la que podéis llamar sin temor Adrenalina, que navegará por los mares agitados de nuestra edad, a veces haciendo referencias personales y otras basándome en, simplemente, la vida. Y si no eres uno de nosotros, huye, podrías leer cosas que no quieres.



A ella le gusta pedir, siempre. De esa boquita salen todo tipo de palabras y ruegos, de por favores y promesas. Suspiros y gemidos, gritos y palabrotas. En la cama le gusta pedir también, por supuesto, aunque hay veces que no distingo entre la petición y el mandato. Habla con voz contenida, no de rabia ni de furia, sino de pasión, con un nudo en la garganta y la boca seca sin mis labios sobre los suyos. Hay veces que se acerca a mí y me habla al oído, en un intento de susurro pero es más un rugido salvaje que me hace sonreír, que hace que quiera más de ella. Me dice cosas sucias al oído, sí, y me gustan. Me encantan. 

Suele gustarle que empiece despacio, besándola suavemente, cada centímetro de su piel, para que vaya entrando en calor, me dice. Y le hago caso, ¡claro que sí! Luego me pide mis manos fuertes sobre su cuerpo, de arriba a abajo y de fuera a dentro. Suele derretirse siempre cuando le acaricio con el corazón, me refiero a mi dedo, por supuesto. Se encoge sobre si misma y me estruja contra su cuerpo, quedando yo casi a su merced, con mi cuerpo pegado al suyo y mi mano entre sus piernas. La miro a los ojos, llameantes, quedándome quieto por un instante y dejando que el ardor la recorra y las ansias le quemen. Eleva sus caderas hacia mí, pidiendo sin palabras pero acertando claramente. Le sonrío mientras que mis dedos empiezan a bailar y a coger un ritmo veloz y fuerte que se hunde en su interior y ella empieza a pedir, como siempre.

To be continued.